Homilía de canonización de Teresa de los Andes


Teresa de Los Andes fue canonizada el 21 de marzo de 1993 por Juan Pablo II en San Pedro en Roma con Claudine Thévenet (religiosa francesa fundadora de las Religiosas de Jesús-María). Damos a seguir la parte de la homilía de Juan Pablo II relativa a Teresa de Los Andes.

1. Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12).

Este cuarto domingo de Cuaresma podría llamarse, con razón, el día de la luz…

Al narrar la curación del ciego, el evangelio del cuarto domingo de Cuaresma muestra el camino arduo que lleva al descubrimiento de esta luz: al descubrimiento de Cristo. ¡De cuántas maneras tan diversas se renueva en la existencia de los seres humanos de nuestra época el acontecimiento narrado por el evangelista Juan!

2. "Yo soy la luz del mundo. El que me siga… tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). El Apóstol escribe: "sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz" (Ef 5, 8).

Hoy la Iglesia desea pronunciar las palabras de san Pablo, refiriéndolas de modo especial a dos hijas suyas, que se han convertido en "luz en el Señor": María de san Ignacio (Claudine Thévenet) y Teresa de Los Andes (Juana Fernández Solar). Estas hijas de la luz se distinguieron como testigos de Cristo en el mundo: en la vieja Europa, Claudine Thévenet, y en el nuevo mundo Juana Fernández Solar. Mientras seguimos celebrando aún el V Centenario de la evangelización del gran continente americano, recogemos una flor espéndida suscitada por la buena nueva y por la gracia del santo bautismo entre las poblaciones de esa "tierra nueva"…

5. Luz de Cristo para toda la Iglesia chilena es Sor Teresa de Los Andes, Teresa de Jesús, carmelita descalza y primicia de santidad del Carmelo teresiano de América Latina, que hoy es incorporada al número de los santos de la Iglesia universal.

Al igual que en la primera lectura que hemos escuchado del libro de Samuel, la figura de Teresa sobresale no por "su apariencia ni su gran estatura". "La mirada de Dios – nos dice el libro sagrado – no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón (1 S 16, 7).

Por eso, en su joven vida de poco más de 19 años, en sus once meses de carmelita, Dios ha hecho brillar en ella de modo admirable la luz de su Hijo Jesucristo, para que sirva de faro y guía a un mundo que parece cegarse con el resplandor de lo divino. A una sociedad secularizada, que vive de espaldas a Dios, esta carmelita chilena, que con vivo gozo presento como modelo de la perenne juventud del Evangelio, ofrece el límpide testimonio de una existencia que proclama a los hombres y mujeres de hoy en el amar, adorar y servir a Dios están la grandeza y el gozo, la libertad y la realización plena de la criatura humana. La vida de la bienaventurada Teresa grita quedamente desde el claustro: ¡Sólo Dios basta!

Y lo grita especialmente a los jóvenes, hambrientos de verdad y en búsqueda de una luz que dé sentido a sus vidas. A una juventud solicitada por los continuos mensajes y estímulos de una cultura erotizada, y a una sociedad que confunde el amor genuino, que es donación, con la utilización hedonista del otro, esta joven virgen de Los Andes proclama hoy la belleza y bienaventurada que emana de los corazones puros.

En su tierno amor a Cristo Teresa encuentra la esencia del mensaje cristiano: amar, sufrir, orar, servir. En el seno de su familia aprendió a amar a Dios sobre todas la cosas. Y al sentirse posesión exclusiva de su Creador, su amor al prójimo se hace aún más intenso y definitivo. Así lo afirma en una de sus cartas: "Cuando quiero, es para siempre. Una carmelita no olvida jamás. Desde su pequeña celda acompaña a las almas que en el mundo quiso" (Carta, agosto 1919).

6. Su encendido amor lleva a Teresa a desear sufrir con Jesús y como Jesús: "Sufrir y amar, como el cordero de Dios que lleva sobre sí los pecados del mundo" – nos dice –. Ella quiere ser hostia inmaculada ofrecida en sacrificio continuo y silencioso por los pecadores. "Somos corredentoras del mundo – dirá más adelante – y la redención de las almas no se efectúa sin cruz" (Carta, septiembre 1919).

La joven santa chilena fue eminentemente un alma contemplativa. Durante largas horas junto al tabernáculo y ante la cruz que presidía su celda, ora y adora, suplica y expía por la redención del mundo, animando con la fuerza del Espíritu el apostolado de los misioneros y en, en especial, el de los sacerdotes. "La carmelita – nos dirá – es hermana del sacerdote" (Carta de 1919). Sin embargo, ser contemplativa como María de Betania no exime a Teresa de servir como Marta. En un mundo donde se lucha sin denuedo por sobresalir, por poseer y dominar, ella nos enseña que la felicidad está en ser la última y la servidora de todos, siguiendo el ejemplo de Jesús, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en redención de muchos (cf. Mc 10, 45).

Ahora, desde la eternidad, santa Teresa de Los Andes continúa intercediendo como abogada de un sin fin de hermanos y hermanas. La que encontró su cielo en la tierra desposando a Jesús, lo contempla ahora sin velos ni sombras, y desde su inmediata cercanía intercede por quienes buscan la luz de Cristo.

He aquí el mensaje cuaresmal de la canonización de hoy: Cristo es la luz del mundo. Quien lo sigue tendrá la luz de la vida.

Juan Pablo II